Chile y el hidrógeno verde: oportunidades y desafíos

Chile lidera la carrera por un nuevo combustible limpio. Pero a la sombra de esta promesa energética, surgen interrogantes sociales, ambientales y territoriales que el país aún no resuelve.

Chile y el hidrógeno verde: oportunidades y desafíos

El año 2025 marca un punto de inflexión en la estrategia de Chile para posicionarse como potencia mundial en hidrógeno verde. Con más de 75 proyectos en carpeta y más de 5 mil millones de dólares en inversiones comprometidas, el país ha encendido todas sus turbinas hacia una economía descarbonizada. Pero a medida que avanza la inversión, también crecen las voces que exigen cautela.

La reciente solicitud de permiso ambiental por parte de TotalEnergies para instalar un megaproyecto de hidrógeno verde y amoníaco en el sur del país —una inversión estimada en 16 mil millones de dólares— es solo un ejemplo del fuerte apetito internacional por los recursos renovables chilenos. Con un marco estatal activo, que incluye subsidios de hasta un 60% y líneas de financiamiento como la facilidad de CORFO por mil millones de dólares, la industria vive un boom sin precedentes.

Chile tiene gran potencial para liderar esta transición, pero no debemos olvidar asegurar que el desarrollo energético sea sostenible también para las comunidades y los ecosistemas.

Chile tiene ambiciosos planes en ámbitos de energías renovables y planes de hidrógeno verde. – European Investment Bank

La paradoja del agua en el desierto más árido del mundo

Uno de los mayores cuestionamientos surge del uso intensivo de agua que exige la electrólisis —el proceso que separa el hidrógeno del agua utilizando electricidad proveniente de energías renovables—. En un país que enfrenta una de las sequías más prolongadas de su historia, y donde regiones clave para la producción como Antofagasta y Atacama ya lidian con estrés hídrico, la presión sobre este recurso escaso se vuelve crítica.

Las plantas desalinizadoras surgen como una alternativa, pero no sin consecuencias. La salmuera que generan —una mezcla concentrada de sal y químicos— podría alterar gravemente los ecosistemas marinos si no se gestiona adecuadamente.

Santuarios naturales bajo amenaza

El desarrollo de hidrógeno verde requiere enormes extensiones de terreno para instalar parques solares y eólicos. En zonas como Magallanes, este avance podría superponerse con santuarios naturales de aves migratorias, afectando hábitats delicados que hasta ahora han permanecido relativamente intactos.

Comunidades invisibilizadas y participación pendiente

El pueblo Chango, cuyos territorios ancestrales bordean la costa norte del país, ya ha expresado preocupación por proyectos que avanzan sin una consulta previa adecuada. En este contexto, los desafíos no son solo técnicos o financieros, sino también éticos y políticos.

Chile tiene la oportunidad de construir una industria energética del siglo XXI con principios del siglo XXI: participación vinculante, justicia ambiental, y respeto a los pueblos originarios.

Luces económicas: empleo e innovación

Las proyecciones, sin embargo, son también promisorias. Se estima que la industria podría generar hasta 94 mil empleos y exportaciones por más de 30 mil millones de dólares anuales hacia 2050. Además, el desarrollo de nuevas tecnologías, cadenas logísticas y capacidades industriales puede diversificar la matriz productiva chilena más allá del cobre y la fruta.

¿Competencia o colaboración internacional?

El escenario no está exento de competencia. Países como Australia, Brasil y Colombia también han apostado fuerte por el hidrógeno verde. La clave para Chile será mantener su ventaja comparativa mediante innovación, asociaciones estratégicas y acceso a mercados.

La colaboración internacional será fundamental. Las alianzas con Europa y Asia no solo deben enfocarse en financiamiento, sino también en transferencias tecnológicas, desarrollo local y estándares ambientales comunes.

Conclusión: El desafío de hacerlo bien

El hidrógeno verde puede ser una oportunidad histórica para Chile. Pero como toda promesa, su cumplimiento dependerá de cómo se gestione. Sin planificación territorial, sin protección de los recursos hídricos y sin participación efectiva de las comunidades, la transición energética corre el riesgo de ser una nueva versión de un viejo modelo extractivo.

El camino está trazado. Ahora, toca decidir cómo se recorre.

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