Quienes tenemos cierta edad seguramente recordamos la experiencia de tener prendas confeccionadas por una modista. En mi niñez, aquello era todo un acontecimiento: escoger con cuidado las telas para una prenda especial, hojear revistas llenas de diseños de moda y elegir aquel que mejor reflejara la personalidad, el estilo y la ocasión.
La modista, encargada de dar vida a esa prenda tan esperada, tomaba medidas con precisión, elaboraba patrones a la medida —que luego archivaba cuidadosamente para futuras referencias— y sugería los ajustes necesarios según el diseño elegido. Era, sin duda, un pequeño ritual reservado para momentos importantes: una fecha especial, los uniformes escolares o las celebraciones de Navidad y fin de año. Estas prendas solían durar mucho tiempo y, si se dañaban o necesitaban algún ajuste, bastaba con volver a la modista para devolverles su forma original.
Esa época, sin embargo, parece haber quedado atrás. Hoy, si necesitamos una prenda, vamos directamente a la tienda, donde encontramos una amplia oferta de estilos genéricos. Y si por casualidad aún queda alguna modista en el barrio, su trabajo se ha limitado, por lo general, a hacer ajustes en ropa comprada: acortar un pantalón, entallar una blusa.

La industria de la fast fashion ha transformado radicalmente nuestros hábitos de consumo, promoviendo la idea de que podemos acceder a las últimas tendencias a precios muy bajos. Sin embargo, esta aparente democratización de la moda es engañosa. La producción masiva y acelerada de prendas de baja calidad ha llevado a una cultura de consumo desechable, donde la ropa se usa pocas veces antes de ser descartada.

Este modelo ha generado graves consecuencias ambientales, como la acumulación de enormes cantidades de desechos textiles en lugares como el desierto de Atacama en Chile, donde se estima que anualmente se desechan alrededor de 39.000 toneladas de ropa usada, muchas veces provenientes de países desarrollados . Además, la industria textil es responsable de aproximadamente el 10% de las emisiones globales de CO2 y de una significativa contaminación del agua debido al uso de tintes y productos químicos.
Este modelo también ha generado una falsa sensación de poder adquisitivo. Aunque los precios bajos permiten comprar más prendas, la calidad inferior de estas hace que se deterioren rápidamente, obligando a los consumidores a reemplazarlas con frecuencia. Así, se perpetúa un ciclo de gasto constante que no necesariamente refleja una mejora en el bienestar económico, sino más bien una dependencia de productos efímeros que satisfacen necesidades inmediatas pero no duraderas.
Frente a esta realidad, es urgente repensar nuestros hábitos y transformar los modelos de producción y consumo de la moda. A nivel empresarial, se requiere un compromiso decidido con la sostenibilidad: adoptar prácticas responsables en toda la cadena de valor, garantizar condiciones laborales dignas, implementar trazabilidad, utilizar materiales menos contaminantes y diseñar prendas duraderas. Las empresas tienen el poder y la responsabilidad de liderar el cambio hacia una industria más ética y transparente. Desde el emprendimiento, se abre una oportunidad para innovar con modelos circulares y de bajo impacto: confección artesanal, reutilización de textiles, alquiler de ropa o producción bajo demanda que evite el desperdicio. Estos modelos no solo son más sostenibles, sino también más cercanos a las comunidades.
Finalmente, a nivel individual, podemos ejercer un consumo más consciente: cuestionar nuestras compras, elegir calidad sobre cantidad, informarnos sobre el origen de las prendas y apoyar iniciativas responsables. El cambio es posible si asumimos nuestro rol en cada nivel con coherencia y compromiso.
Quizás ya no podamos volver a aquella época en la que una modista del barrio confeccionaba nuestras prendas con dedicación y cuidado, pero sí podemos recuperar el espíritu de esa relación más cercana, consciente y duradera con la ropa. Repensar la forma en que producimos y consumimos textiles no significa renunciar al estilo o a la innovación, sino recuperar el valor de lo bien hecho, lo necesario y lo justo.
Así como la modista conservaba los patrones con esmero para futuras prendas, hoy podemos trazar nuevos patrones para una moda que respete al planeta y a las personas que la hacen posible.
Referencias:
- National Geographic. «Chile’s Atacama Desert has become a fast fashion dumping ground.» EnlaceThe Borgen Project+7National Geographic+7Earth.Org Kids+7
- Earth.Org. «Fast Fashion’s Carbon Footprint.» EnlaceEarth.Org+1The Carbon Literacy Project+1
- Fashion Revolution. «The true cost of colour: The impact of textile dyes on water systems.» EnlaceFashion Revolution
- Cascale. «The Hidden Cost of Fast Fashion: Bridging the Gap Between Consumer Values and Behavior.» EnlaceCascale

Erika Alvarez Velásquez
Máster en derechos humanos y educación para la paz y especialista en género y desarrollo sostenible.
