En un mundo convulsionado por desigualdades persistentes, crisis climáticas y desconfianza en las instituciones, la filantropía está llamada a transformarse. No se trata solo de dar más, sino de dar mejor. Y en Chile, esta reflexión no puede seguir postergándose.
Históricamente, nuestra filantropía ha sido centralizada, reactiva y, muchas veces, paternalista. Fundaciones que imponen condiciones excesivas, empresas que entregan donaciones sin conexión real con sus entornos y una ciudadanía que observa desde la distancia. Pero desde otras latitudes están surgiendo señales de cambio que podrían inspirar una nueva manera de hacer filantropía en nuestro país: más horizontal, colaborativa y transformadora.
Uno de los conceptos más revolucionarios —aunque parezca simple— es la filantropía basada en la confianza. En vez de fiscalizar obsesivamente a las organizaciones sociales, se propone creer en ellas, entregar fondos sin restricciones y dejarlas hacer lo que saben hacer: resolver problemas desde el territorio. Este modelo, que gana fuerza en Estados Unidos y Europa, no solo reduce la burocracia, sino que dignifica la relación entre quien da y quien recibe.
Otra señal potente viene del liderazgo juvenil y comunitario. Nuevas generaciones ya no quieren ser “beneficiarias” de programas asistenciales. Quieren ser protagonistas del cambio. ¿Estamos preparados en Chile para abrir espacios reales de decisión a jóvenes, pueblos originarios, comunidades excluidas? No basta con escucharlos: hay que ceder poder.
También urge transitar hacia una filantropía colaborativa, donde empresas, fundaciones, gobiernos y comunidades trabajen juntos. No como socios desiguales, sino como cocreadores de soluciones. Esto exige salir de las lógicas competitivas —tan arraigadas en nuestro sector social— y apostar por el bien común, incluso cuando eso implique renunciar a protagonismos.
La tecnología y el uso de datos también están cambiando las reglas del juego. Herramientas digitales permiten hoy medir impacto, identificar brechas invisibles y diseñar estrategias con base en evidencia.
Finalmente, urge hablar de descolonización. Edgar Villanueva y otros líderes del sur global nos invitan a mirar críticamente cómo se ha usado la filantropía para perpetuar desigualdades. En Chile, esto implica reconocer a los pueblos originarios, mujeres, migrantes y diversidades. Y no se trata de darles “espacio”; se trata de reconocer su liderazgo, su visión del mundo y su derecho a decidir.
Reimaginar la filantropía en Chile no es solo una aspiración ética: es una necesidad estratégica. Si queremos un país más justo, resiliente y democrático, necesitamos una filantropía que deje de mirar desde arriba, y empiece a construir desde abajo, desde adentro, desde la confianza.
Porque en tiempos de crisis, lo más revolucionario puede ser simplemente creer en el otro.

Rosa Madera Nuñez
Emprendedora social y experta en filantropía estratégica, inversión de impacto y ESG. Fundadora de Empatthy
