Más que una obligación legal, la salud mental se revela hoy como una dimensión estratégica del funcionamiento organizacional.
A un año de la entrada en vigencia de la Ley Karin, las empresas chilenas enfrentan una disyuntiva: tratar la salud mental como un asunto secundario o asumirla como parte central de su sostenibilidad. Los datos son elocuentes: según la Mutual de Seguridad, más de 10.000 atenciones psicológicas se activaron por situaciones de acoso o violencia laboral en el primer año de la ley. El 81% correspondió a maltrato psicológico. Lejos de ser anécdotas, estas cifras muestran una tendencia estructural.
Pero el diagnóstico no es solo local. La Organización Mundial de la Salud estima que cada año se pierden 12.000 millones de días laborales por causas asociadas a la salud mental. Esta preocupación ha llevado a inversionistas y fondos de impacto a incluir el bienestar emocional en sus criterios ESG y exigir a las empresas que reporten cómo gestionan los riesgos psicosociales, entendiendo su efecto material para el desempeño del negocio. Lo que antes era un «tema blando» hoy es una variable crítica de reputación y riesgo.
El problema no es clínico, es organizacional
La reacción más extendida frente a las cifras ha sido de alarma o incredulidad. Se habla de instrumentalización de la ley, exageración o fragilidad excesiva. El uso de la Ley Karin generó efectos no previstos: más de 21 mil denuncias hasta diciembre de 2024, de las cuales solo el 41,5% calificó legalmente, sobrecargando a la Dirección del Trabajo y a muchas empresas. Sin embargo, conceder este punto no implica desconocer la relevancia de los datos. El malestar existe, y ahora se visibiliza.
La sobrecarga, la ambigüedad de roles y la inseguridad laboral son factores que deterioran sostenidamente la salud mental en el trabajo. De poco sirve un protocolo antiacoso archivado en la intranet si los supervisores no tienen formación para prevenir conflictos o si la cultura organizacional premia el cumplimiento de metas a toda costa.
Indicadores que hablan: ¿amenaza o inteligencia?
Cada consulta psicológica, cada licencia por estrés, cada denuncia, es un dato. Y como todo dato, puede minimizarse, malinterpretarse o convertirse en una herramienta de aprendizaje. Las empresas más maduras no ven estos registros como amenaza legal, sino como inteligencia organizacional. Aprenden de los patrones. Identifican puntos ciegos. Reconocen que una mayor cantidad de casos puede reflejar mayor confianza en los canales internos, lo que en sí mismo constituye un avance positivo.
El 68% de las enfermedades profesionales en Chile ya son de salud mental. Sectores como comercio, educación y servicios administrativos concentran la mayor parte de las denuncias bajo la Ley Karin. Este tipo de información permite identificar sectores críticos, diseñar prevención focalizada y revisar procesos estructurales que estén generando desgaste.
La madurez se mide en cómo se responde al malestar
La salud mental laboral no es una moda ni una carga nueva. Es un test de coherencia cultural. Las empresas que declaran tener «propósito» pero toleran prácticas que desgastan a las personas están erosionando su licencia para operar. Las que implementan programas de bienestar, pero ignoran la sobrecarga estructural están administrando parches.
En cambio, las organizaciones que ven en estos datos una oportunidad de mejora están transitando hacia una madurez real. No temen hablar del tema. Reconfiguran procesos. Evalúan el clima laboral con la misma seriedad que los indicadores de negocio. Porque entienden que la salud mental no es solo un derecho: es una condición para que las personas puedan contribuir con todo su potencial.
La Ley Karin abrió una conversación incómoda, pero necesaria. Más que contar denuncias, lo que importa es lo que revelan. El mayor riesgo no es tener más casos, sino ignorar lo que dicen. La salud mental en el trabajo no es solo un síntoma, es una señal que interpela cómo ejercemos el poder, organizamos el trabajo y habitamos la cultura empresarial. Ahí se juega la diferencia entre cumplir y comprender.

Karen Cossio
Directora de Gestión Social
