Podemos decir que muchas de las decisiones que tomamos o en las que nos involucramos como personas, comunidades, empresas e instituciones del más diverso tipo, tienen impactos enormes sobre nuestro entorno humano, social, ambiental y también en la conexión o no con nuestros propios valores. Entre esas decisiones, una de las más poderosas y significativas, aunque muchas veces invisibilizada, es la que tomamos respecto al uso de nuestro dinero.
La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a relacionar el dinero con el valor de intercambio inmediato que este posee, es decir, lo que podemos comprar, lo que ahorramos, lo que pagamos. En general, en muy pocas oportunidades, nos detenemos a pensar en el poder que tiene el dinero para transformar realidades, para bien o para mal. El dinero, en última instancia, refleja nuestra intención y nuestras prioridades. Es una extensión de lo que creemos y de lo que valoramos. A la par un porcentaje importante de la gente mantiene una mala o distorsionada relación con el dinero, en tanto no lo percibe como instrumento de cambio o de realización personal, sino que en muchos casos, elemento que limita nuestra libertad, al escasear este en nuestras manos, o bien esclavizarnos al “Dios dinero”, si es que disponemos de mucho, etc. Es decir, los acercamientos son múltiples.
¿A que nos referimos, entonces, cuando hablamos del uso consciente del dinero?: Podemos afirmar que esto no se reduce a gastar menos o a ahorrar más. Tampoco se limita a invertir en busca de rentabilidad. Significa hacernos preguntas, tales como: ¿qué impacto social o ambiental tienen las empresas o las organizaciones a las que estoy destinando mi consumo o inversión?; ¿contribuyen estas a mejorar la calidad de vida y bienestar de sus empleados así como también la vida de los trabajadores en sus cadenas de proveedores y/o el bienestar de las comunidades, o las deterioran?; ¿se construye con ellas un respeto genuino al medio ambiente, o lo explotan sin límites?; ¿refleja mi decisión de consumo e inversión los valores de respeto, justicia y sostenibilidad que digo defender?.
Debemos comprender que cada compra o inversión, cada ahorro depositado, por pequeño que este sea en cualquier institución financiera está, en última instancia, financiando algún tipo de actividad en el mundo. Y esa actividad puede contribuir al bien común o, al contrario, perpetuar desigualdades, exclusiones y daños ambientales. Entonces debemos darnos cuenta del poder de nuestras decisiones. Muchas veces, quienes tenemos pequeños o medianos ahorros pensamos que no tenemos ningún poder real de decisión o que el impacto de nuestras acciones no cambiará nada. Sin embargo, el sistema financiero funciona precisamente sobre la base de la suma de muchos centenares de miles de pequeños aportes.
Millones de personas dejan su dinero en bancos, fondos de inversión o fondos previsionales, cooperativas o compañías de seguros sin preguntarse jamás, en dónde y cómo se utiliza ese recurso para poder alcanzar una legítima rentabilidad. No nos preguntamos, ¿en base a que actividades, esa rentabilidad se obtiene?. Aquí es donde surge la gran paradoja, pues mientras declaramos que queremos un mundo más justo, sostenible, inclusivo y humano, muchas veces nuestro dinero termina financiando actividades que sostienen precisamente lo contrario y que, aunque son legales, no son un aporte real al bien común ni generan bienestar, sino que al contrario, afectan a la vida misma.
Entonces, la pregunta central es: ¿somos coherentes entre lo que declaramos y lo que hacemos con nuestro dinero?, y la respuesta es que, en un gran número de ocasiones, ni siquiera lo sabemos o podemos saber, por tanto, lo que si podemos hacer es empezar a desarrollar el músculo de cultivar las preguntas conscientes, cada vez que tomamos una decisión de consumo o inversión: ¿qué tipo de empresas o proyectos estoy apoyando con mi dinero?; ¿los beneficios de mi inversión se construyen sobre el bienestar humano y social, o a costa de él?; ¿puedo elegir un banco, un fondo de inversión u otro mecanismo que exprese de mejor forma mis valores y aspiraciones colectivas? Estas preguntas no son solo para grandes inversionistas institucionales. Cualquier persona, incluso con un pequeño ahorro, puede abrir un camino de reflexión y acción.
Las nuevas economías como guía
En las últimas décadas, han surgido propuestas que buscan precisamente responder a esta inquietud. Conceptos como la Economía del Bien Común, las empresas B, la Economía Circular, la Economía de la Dona, el Comercio Justo o las Finanzas Éticas ofrecen marcos concretos para orientar el dinero hacia empresas y organizaciones que demuestran compromiso con el ser humano y la naturaleza.
Estas nuevas economías, en realidad, no son “nuevas” ni son teóricas, sino que retoman la raíz etimológica de la palabra “economía” que, en su esencia, es la búsqueda del bienestar de los habitantes de una casa y que poco tiene que ver con la maximización de la utilidad o la rentabilidad como fin en sí mismo. Por tanto, estos esquemas se expresan en prácticas empresariales, comunitarias y financieras que muestran que sí es posible generar rentabilidad junto con impacto positivo.
Un ejemplo concreto es BELAT, Banca Ética Latinoamericana, que propone un modelo financiero basado en la transparencia y la evaluación del impacto social y ambiental de cada proyecto financiado. Así, las personas saben exactamente en qué se utiliza su dinero y pueden sentirse parte activa de una transformación mayor. Ejemplos concretos de áreas en que se busca impacto positivo
- Educación: invertir en proyectos educativos significa abrir oportunidades de futuro. Cuando nuestros recursos financian escuelas inclusivas, centros de estudio o programas de capacitación técnica en sectores más vulnerables, no solo estamos obteniendo rentabilidad: estamos multiplicando capacidades humanas.
- Cultura: la cultura es un motor de cohesión social y de identidad. Apoyar a organizaciones culturales, cine y propuestas audiovisuales, proyectos editoriales o iniciativas artísticas significa apostar por sociedades más creativas, críticas y diversas.
- Desarrollo social e inclusión: existen diversas organizaciones, fundaciones, corporaciones y empresas que integran a personas en situación de discapacidad, migrantes o comunidades históricamente excluidas. Invertir en estas iniciativas es apostar por un tejido social más justo, donde cada persona tenga un lugar y una posibilidad de desarrollo.
- Construcción y vivienda: apoyar proyectos de vivienda social digna, de arquitectura sostenible y con eficiencia energética es usar el dinero para responder a una necesidad vital y hacerlo con respeto al planeta.
- Salud y bienestar: el dinero invertido en centros de atención primaria o programas de salud preventiva no es solo una apuesta financiera, sino una inversión en vida y dignidad humana.
La Banca Ética demuestra que la rentabilidad económica puede convivir con la rentabilidad social y ambiental y lo más importante es que muestra que incluso los pequeños inversionistas tienen un papel decisivo en esta transformación y todos estamos llamados a ello.
Un llamado a la coherencia y la consistencia:
El dinero es, al mismo tiempo, una herramienta y una responsabilidad. No se trata de demonizarlo, sino de reconocer que su uso tiene consecuencias. Si de verdad queremos un mundo basado en el respeto por la dignidad humana, el fortalecimiento de la comunidad, la regeneración del tejido social y el medio ambiente, debemos ser coherentes también en cómo usamos, invertimos y consumimos.
En un mundo donde muchas veces nos sentimos impotentes frente a los grandes problemas, el uso consciente del dinero es una de las acciones más directas, efectivas y revolucionarias que tenemos en nuestras manos.
Una Invitación:
Les propongo detenerse un instante y pensar: ¿qué pasaría si cada persona, con sus ahorros pequeños o grandes, decidiera usar el dinero solo en proyectos que cuidan la vida y el planeta?, y por tanto, preferir a una institución financiera por sobre otras, en base a las consideraciones éticas de ésta y no solo por la rentabilidad, sin importar de donde esta proviene. ¿Qué economía se generaría si dejamos de financiar actividades que destruyen comunidades y ecosistemas?; ¿qué mundo podríamos construir si nuestras decisiones financieras se alinearan con nuestros valores más profundos?. Son preguntas abiertas que apelan a nuestra consciencia.
Los cambios pueden ser reales no comenzando necesariamente desde grandes instituciones, sino con la suma de millones de decisiones individuales. Tu dinero tiene un poder enorme: úsalo con consciencia y estarás votando por el futuro que deseas habitar y que será el mejor legado que podemos dejar a hijos y nietos.

Gerardo Wijnant San Martín
Promotor Ecosistema
BELAT – banca Ética
