2026: del Aguante al Momentum en el Sector Social de Chile y América Latina

En Chile y América Latina, las necesidades sociales siguen creciendo al mismo tiempo que los contextos se vuelven más complejos e inciertos. A las organizaciones sociales se les exige responder con mayor rapidez, impacto y transparencia, muchas veces con los mismos —o incluso menos— recursos.

No se trata de un fenómeno nuevo, pero sí de uno que se ha intensificado. El aumento del costo de la vida, la persistencia de la desigualdad, la crisis climática y las brechas territoriales están llevando al límite a organizaciones que ya operaban bajo alta presión. En este escenario, la pregunta clave no es si el sector social es resiliente —eso ya lo sabemos—, sino si estamos creando las condiciones para que esa resiliencia se traduzca en impacto sostenible y escalable.

Hoy, la demanda por servicios sociales crece más rápido que la capacidad de respuesta de las organizaciones. Equipos pequeños, multifuncionales y profundamente comprometidos sostienen programas críticos con márgenes cada vez más estrechos. La sobrecarga deja de ser excepcional y se vuelve estructural. Y con ello, el riesgo de desgaste humano e institucional se vuelve real.

Este desequilibrio no es solo operativo; es profundamente estratégico. Cuando las organizaciones viven en modo reactivo, apagando incendios de manera permanente, queda poco espacio para pensar, innovar, evaluar, aprender y escalar. Sin esa capacidad, el impacto tiende a fragmentarse, incluso cuando el trabajo cotidiano es valioso y transformador.

En este contexto, el financiamiento sigue siendo el gran nudo del sector social en la región. Mercados filantrópicos pequeños, alta dependencia de fondos públicos o de donantes concentrados, y una escasez persistente de financiamiento flexible limitan la autonomía y la planificación de largo plazo.

Muchas organizaciones están revisando sus estrategias de recaudación y explorando modelos híbridos que combinan cercanía territorial con herramientas digitales. Sin embargo, digitalizar no es sinónimo de diversificar. Sin una estrategia clara, sin datos de calidad y sin capacidades internas, la tecnología puede transformarse en una carga adicional en lugar de una palanca de impacto. El desafío no es simplemente recaudar más, sino recaudar mejor: alineando propósito, confianza, narrativa y un uso inteligente del capital.

La transformación digital del sector social avanza, pero de manera desigual. Mientras algunas organizaciones logran fortalecer su vínculo con donantes, mejorar su eficiencia y ampliar su alcance, muchas otras siguen operando con sistemas fragmentados, baja protección de datos y escaso acompañamiento en formación digital. En un sector que trabaja con información sensible de personas y comunidades, la falta de inversión en ciberseguridad y gobernanza de datos no es un detalle técnico: es un riesgo institucional y reputacional. Cerrar esta brecha requiere liderazgo, financiamiento orientado al desarrollo de capacidades y una mirada de largo plazo, más allá de la simple adopción de nuevas herramientas.

Algo similar ocurre con la inteligencia artificial. Hoy ya forma parte del día a día de muchas organizaciones sociales: automatiza tareas, apoya el diseño de programas, mejora reportes de impacto y personaliza la relación con donantes y usuarios. En contextos de escasez, puede ser una aliada poderosa para liberar tiempo, mejorar decisiones y enfocar el trabajo humano donde más valor genera. Pero su adopción también abre preguntas profundas: quién accede a estas herramientas, cómo se protegen los datos, qué capacidades internas se están desarrollando y con qué criterios éticos se toman decisiones. Si estas preguntas no se abordan de forma intencionada, la tecnología corre el riesgo de profundizar desigualdades dentro del propio sector social.

Cada vez es más evidente que el desempeño de las organizaciones no depende solo de su esfuerzo individual, sino del ecosistema en el que operan. Cuando existen políticas públicas coherentes, filantropía estratégica, capital paciente y alianzas virtuosas con el sector privado, las organizaciones pueden invertir en capacidades, innovar y escalar soluciones. Cuando ese apoyo es fragmentado o inestable, la resiliencia tiene un techo.

En América Latina, fortalecer el sector social exige dejar atrás la lógica de proyectos aislados y avanzar hacia una mirada sistémica: usar todo el capital disponible —público, privado y filantrópico— de forma complementaria, con foco en impacto, aprendizaje y sostenibilidad.

Durante años hemos celebrado la capacidad del sector social para resistir. Hoy, el desafío es distinto. No basta con aguantar. Necesitamos construir momentum con dirección: invertir en capacidades, cuidar a los equipos, integrar tecnología con propósito y alinear el financiamiento con el impacto que decimos buscar.

Chile y América Latina cuentan con organizaciones comprometidas, talento y un profundo conocimiento territorial. La pregunta es si, como ecosistema, estaremos dispuestos a dejar de exigirles heroicidad permanente y empezar a ofrecerles las condiciones necesarias para que puedan escalar soluciones a la altura de los desafíos que enfrentamos.

Rosa Madera

Rosa Madera Núñez

Fundadora de Empatthy

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