“Santiago no es Chile” es una frase recurrente entre las personas que viven en regiones para acentuar la distancia que se presenta entre la capital y el resto del territorio nacional. Tienen razón. Santiago efectivamente no es Chile, pero concentra la toma de decisiones del país, comprometiendo su desarrollo y proyecciones futuras. Por lo mismo, se esperaría que la elite capitalina comprendiera mejor lo que ocurre en nuestras zonas productivas, sobre todo, si opina y decide sobre industrias, modelos de desarrollo y condiciones de empleo, entre otros, que se ejecutan a nivel regional. La mala noticia es que no es así.
El estudio Valor Productivo, realizado por Criteria, Gestión Social y la Universidad Adolfo Ibáñez, da cuenta de la existencia de una profunda brecha entre la elite capitalina y las personas que residen en las zonas en las que se produce cobre, litio, fruta, productos forestales y salmones. Por ejemplo, ante la pregunta si “aumentar el número de centros de cultivo de salmones en los fiordos de la Patagonia” el 44% de quienes viven en las regiones de Los Lagos, Aysén y Magallanes indica estar de acuerdo, disminuyendo a 31% entre los santiaguinos ABC1 con estudios universitarios. En el caso del cobre la distancia es la misma; 53% de los que viven en las regiones mineras está de acuerdo con aumentar el tamaño de las minas, pero sólo el 39% de la élite capitalina opina igual.
Esta tendencia se presenta en todos los casos en que se indaga en torno a la disposición de expandir la actividad productiva, tendiendo a agudizarse al momento de evaluar el desempeño específico de las industrias primario exportadoras. Al preguntar por la contribución del litio a la economía nacional, el 69% de las personas que vive en las regiones de Antofagasta y Atacama le pone una nota 6 o 7, disminuyendo a 50% entre los más privilegiados de Santiago. En la industria del salmón la brecha aumenta de 63% a 41%, a pesar de que Chile es el segundo exportador más grande del mundo después de Noruega. Este resultado se repite cuando se plantea la pregunta por la generación de empleo local, dando cuenta de una distancia de más de 20 puntos entre las zonas productivas (71%) y los capitalinos (50%).
En un afán por conocer las percepciones de la ciudadanía en otros aspectos vinculados al desempeño de industrias vitales para nuestra economía, se suman preguntas sobre la evaluación de la innovación en los procesos productivos, el desarrollo de empresas regionales y el control y reducción de los impactos ambientales, obteniendo siempre el mismo resultado. La élite santiaguina reconoce menos méritos al cobre, litio, la fruta, el mundo forestal y a los salmones, que quienes conviven a diario con el despliegue de estas industrias.
Muchos podrán decir que no hay novedad en estos resultados; esto siempre ha sido así, siendo reflejo del centralismo que nos caracteriza y la tensión que genera en regiones. Santiago decide desde la comodidad de edificios espejados en barrios en los que llueve cada vez menos y el calor no sofoca como en el desierto. La élite capitalina está cómoda y visualiza el desarrollo productivo de Chile desde una visión sesgada en torno a la naturaleza y producción de materias primas, creyendo que el verdadero desarrollo del país va más allá del modelo vigente. 45% de los capitalinos ABC1 con educación universitaria se resisten a la estrategia primario exportadora que ha posicionado a Chile en la economía global y que lejos de resolverse en la capital, se despliega en condiciones bastante más adversas y escenarios geográficos muchísimos más complejos.
Santiago no es Chile. Evidente y cada vez más cierto. Santiago necesita conocer Chile para entender su riqueza y cómo se produce, para tomar las mejores decisiones para el país, de manera menos prejuiciada y con mayor sentido de realidad. ¿Por qué? Porque Chile necesita volver a crecer.

Matías Chaparro
Director de Asuntos Públicos y socio de Criteria.

Elisa Giesen
Directora de consultoría y socia de Gestión Social
