Moda Sustentable es Moda con Justicia Social 

Cuando hablamos de vivir de forma sustentable, muchas veces pensamos en reciclar, usar menos  plástico o comer más local. Pero hay algo que usamos todos los días y que también importa  muchísimo: lo que vestimos. No solo la ropa, sino también los zapatos, carteras, mochilas, y  todos esos accesorios que forman parte de nuestra identidad y rutina. 

La moda sustentable no es solo usar algodón orgánico o teñidos naturales. También se trata de  cómo se hacen esas prendas y accesorios, y quién está detrás de cada costura, cada suela, cada  hebilla. ¿Esa persona tiene un salario digno? ¿Trabaja en condiciones seguras? ¿Tiene tiempo  para descansar, cuidar a su familia, vivir? 

Millones de personas trabajan en la industria de la moda —la mayoría son mujeres— y muchas  lo hacen en condiciones que no respetan sus derechos. ONU Mujeres y la Organización  Internacional del Trabajo lo han dejado claro: hay que hablar no solo de sostenibilidad ambiental,  sino también de justicia social y equidad de género. 

Cuando se respetan los derechos humanos y la igualdad de género en toda la cadena de valor — desde quienes fabrican los materiales necesarios para la confección, hasta quienes cosen,  empaquetan o diseñan— no solo se construye una industria más justa, sino también un planeta  más sustentable. Las sociedades más equitativas toman mejores decisiones para el ambiente, y la  moda no es la excepción: cuidar a las personas también es cuidar al planeta. Claro, nuestras decisiones como personas consumidoras cuentan. Comprar de segunda mano,  reparar en lugar de desechar, buscar productos de alta durabilidad, apoyar marcas locales o  hechas a mano… todo suma. Pero también es importante entender que no todo recae sobre las  personas consumidoras. Las empresas tienen una enorme responsabilidad. Muchas marcas de  fast fashion producen millones de prendas al año con ciclos de moda cada vez más rápidos,  incentivando el consumo constante y desechando la calidad. Además, hay productos diseñados  con obsolescencia programada: materiales débiles, costuras frágiles o estilos que se vuelven  «pasados de moda» en semanas. Esto no es un accidente, es parte de un modelo de negocio que  pone el lucro por encima de las personas y el planeta. 

También es importante reconocer que no todas las personas tienen la posibilidad de elegir qué  ropa comprar. Para muchas familias, especialmente en contextos de desigualdad social y  económica, las opciones de consumo están limitadas por el precio, no por la ética o la  sostenibilidad. En un mundo donde millones viven con ingresos precarios, comprar ropa de bajo  costo es muchas veces la única alternativa. Por eso, no podemos exigir individualmente a toda la  población que consuma moda sustentable, como si todas las personas partieran del mismo lugar.  Este es un desafío estructural que debemos abordar colectivamente: garantizar que la justicia  social también se traduzca en acceso a productos éticos, seguros y asequibles para todas las personas. Porque construir un sistema de moda justo no solo implica cambiar hábitos de  consumo, sino transformar las condiciones que perpetúan la desigualdad. Vestirse también es un acto político. Cada vez que elegimos qué ponernos, también podemos  elegir qué tipo de mundo estamos apoyando. Porque la moda puede ser bella, pero también debe  ser justa, digna y humana. 


Fuentes: 

  • Fashion Revolution. 2023. How to be a fashion revolutionary.  (Enlace)
  • ILO, 2019. ¿Una revolución para los trabajadores de la confección?  (Enlace)
  • ONU Mujeres, 2022. Fortalecimiento de la empresarialidad de las mujeres para su  posicionamiento en la economía centroamericana.  (Enlace)
Erika Alvarez

Erika Alvarez Velásquez

Máster en derechos humanos y educación para la paz y especialista en género y desarrollo  sostenible.

Deja un comentario