El renacer de nuestros territorios: La urgencia de una economía regenerativa y del bien común

Chile presenta hoy brechas socio-territoriales que resultan inaceptables. En mi experiencia de trabajo, he podido constatar una profunda paradoja: diversos territorios rurales y apartados que albergan un rico patrimonio biocultural, llenos de tradiciones, saberes ancestrales y potentes formas de cooperación asociativa, presentan marcadores de pobreza muy elevados.

El centralismo y una visión del desarrollo basada casi exclusivamente en la exportación de commodities y grandes proyectos de inversión que no comprenden o no logran integrar la riqueza que fluye desde las comunidades y el respeto por sus ecosistemas y biodiversidad, no han logrado entregar respuestas adecuadas a los problemas de exclusión y pobreza a nivel local. Ante las urgencias de nuestro siglo, como los evidentes estragos del cambio climático, sostener los modelos económicos del pasado resulta una mirada miope y autodestructiva.

Ya no basta siquiera con alcanzar la «sostenibilidad» tal como la hemos entendido, es imperativo dar un paso más y transitar hacia un modelo de desarrollo y economía regenerativa. Esto implica un esfuerzo consciente por restaurar y regenerar el medioambiente y la biodiversidad, pero, de manera fundamental, requiere la recuperación de nuestro tejido social.

Necesitamos una economía «con apellidos». Como propone el modelo de la «economía de la dona» de Kate Raworth, debemos transitar hacia formas que nos permitan satisfacer las necesidades humanas esenciales (nuestro piso social) sin transgredir los límites finitos de nuestro planeta (nuestro techo ecológico).

Afortunadamente, frente a estos inmensos desafíos, surgen fuertes signos de esperanza. A lo largo de Chile, y desde las propias comunidades, están floreciendo iniciativas de economía social y solidaria que ponen en práctica la colaboración y buscan el bien común. Las experiencias son notables:

  • Desde las cooperativas vitivinícolas del Valle de Itata, que proyectan su identidad al mundo.
    Pasando por las mujeres mapuche-lafkenche de la cooperativa Rayén Lafkén, que transforman oficios ancestrales como el procesamiento del cochayuyo en una resistencia económica que multiplica el bienestar de sus familias.
  • Hasta llegar a casos de profunda resiliencia comunitaria como el de Villa Botania, cuyos vecinos lograron proteger su barrio de los devastadores incendios forestales de 2024 gracias a la articulación preventiva y la mitigación de riesgos de forma colaborativa.

Para que estas economías orientadas al bien común se consoliden, es fundamental acompañar estos esfuerzos comunitarios. Si bien hemos visto avances institucionales históricos y muy valiosos, como la reciente creación del Instituto Nacional de Asociatividad y Cooperativismo (INAC) al alero de CORFO, o el hito de las compras públicas del Estado a cooperativas campesinas impulsado por INDAP, aún existen brechas que acortar.

Nuestro desafío es cómo adecuar y acercar los instrumentos públicos para que no intimiden a las agrupaciones de base, fortalecer esquemas de gobernanza territorial eficaces, y promover alianzas reales entre el sector público, el privado y la sociedad civil. Asimismo, debemos empujar por mayor inclusión financiera y herramientas innovadoras, como un eventual Fondo de Innovación y Regeneración Biocultural.

Para superar la pobreza en sus múltiples dimensiones, debemos mirar a nuestros territorios como redes vivas llenas de oportunidades de buen vivir, no solo como espacios de extracción.

Los invito cordialmente a profundizar en estas reflexiones, conocer más de estas inspiradoras experiencias locales y analizar el detalle de las políticas públicas necesarias, leyendo mi documento completo: «Economía regenerativa y del bien común: una actualización de sus alcances y discusión», publicado íntegramente en la edición de Miradas País 2025 de la Fundación Superación de la Pobreza.

Gerardo Wijnant

Gerardo Wijnant

Consultor Nuevas Economías

Promotor Ecosistema BELAT – Banca Ética

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