La pregunta que falta en los directorios
Por Gerardo Wijnant, Promotor Ecosistema BELAT
La mayoría de las planificaciones empresariales responde a las preguntas de en cuánto se quiere crecer, en qué mercados y con qué rentabilidad. Menos frecuente es otra pregunta más incómoda, ¿para qué queremos crecer?
La reciente carta del cardenal Fernando Chomalí a los empresarios de Chile vuelve a poner esa pregunta sobre la mesa. No debiera entenderse como una exhortación religiosa ajena a la gestión ni como un llamado limitado a la filantropía. Es una interpelación al corazón de la estrategia, es decir: ¿qué sociedad ayudamos a construir mediante nuestras decisiones?
Durante décadas medimos el éxito de una empresa a través de sus resultados financieros. Es comprensible, sin rentabilidad no hay continuidad, inversión ni empleo. Pero confundir una condición necesaria con la finalidad de la empresa ha estrechado nuestra manera de evaluar su desempeño.
Una empresa produce mucho más que bienes y servicios. Produce relaciones, oportunidades, aprendizaje, confianza o desconfianza. Puede fortalecer las capacidades de trabajadores y proveedores, dinamizar el territorio y contribuir al cuidado de los ecosistemas. También puede precarizar vínculos, trasladar costos a la comunidad o deteriorar bienes naturales de los que depende su propia actividad.
La pregunta relevante entonces, no es solo cuánto valor económico crea, sino qué genera con su manera de crearlo. Dos compañías pueden alcanzar resultados semejantes y, sin embargo, dejar huellas completamente distintas en sus trabajadores, clientes, comunidades y territorios.
Esta mirada obliga a revisar el lugar de la sostenibilidad. Mientras se mantenga como un área separada, un reporte anual o un conjunto de iniciativas complementarias, seguirá operando en los márgenes. El cambio comienza cuando los impactos sociales y ambientales intervienen en las decisiones de inversión, abastecimiento, contratación, innovación y gobierno corporativo.
También exige superar una lógica centrada únicamente en reducir daños. Evitar o compensar impactos negativos es indispensable, pero insuficiente frente a la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la desigualdad y la fragmentación social. El desafío es avanzar hacia empresas capaces de regenerar ecosistemas, confianza, oportunidades y capacidades en las comunidades.
La inteligencia artificial agrega urgencia a esta discusión. Podemos adoptar tecnologías sofisticadas y, al mismo tiempo, construir entornos menos humanos. La pregunta no es solo qué tareas puede automatizar una herramienta, sino para qué se utilizará, quién se beneficiará y qué capacidades humanas ayudará a desarrollar. Innovar significa resolver problemas relevantes sin sacrificar la dignidad de las personas ni las condiciones que sostienen la vida.
Existe, además, una dimensión que suele quedar fuera de esta conversación: el dinero. Cada decisión de financiamiento o inversión selecciona qué economía podrá desarrollarse. El capital nunca es neutro, puede sostener actividades que profundizan problemas o habilitar soluciones en vivienda digna, educación, energías limpias, economía circular, agricultura regenerativa, inclusión laboral y desarrollo territorial.
Por eso no basta con pedir responsabilidad a las empresas si el sistema financiero continúa evaluando los proyectos como si sus efectos sociales y ambientales fueran secundarios. Necesitamos inversionistas e instituciones capaces de incorporar el impacto en su análisis, no para reemplazar la rentabilidad, el riesgo o la liquidez, sino para completar la comprensión del valor que una inversión crea o destruye.
La rentabilidad seguirá siendo necesaria. Pero el éxito empresarial del futuro se jugará en algo más exigente: demostrar que la sociedad, los territorios y las personas están mejor porque esa empresa existe. Quizás esa sea la pregunta que debería abrir la próxima sesión de directorio, no solo cuánto queremos crecer, sino qué queremos hacer posible con ese crecimiento.

