Durante décadas fue un testigo silencioso de algo que dábamos por hecho: la abundancia de pequeña vida alada. Bastaba recorrer un camino rural en Chile para que al cabo de unos kilómetros el vidrio delantero del automóvil comenzara a llenarse de impactos. Mosquitos, polillas y otros insectos voladores quedaban adheridos como pequeñas marcas de un mundo rebosante. Había que limpiarlo. Era parte del viaje.
Hoy en cambio, el parabrisas permanece inquietantemente limpio. No es un detalle insignificante. Es una señal que se debe atender. Una de esas evidencias que están frente a nosotros, pero que hemos aprendido a ignorar. Lo que antes era una molestia cotidiana se ha transformado, sin que casi nadie lo note, en una anomalía. Y sin embargo, el parabrisas sigue hablando.
La literatura científica podría bautizar este fenómeno como “El Síndrome del Parabrisas Limpio”. No es una medición sofisticada ni requiere instrumentos complejos. Debido justamente a tal simplicidad es que la cuestión es preocupante: cualquiera puede notarlo. O más bien, cualquiera podría observarlo… si estuviera dispuesto a mirar.
Porque lo que sugiere esa limpieza del vidrio transparente del vehículo no es eficiencia aerodinámica en el diseño de los modernos automóviles, como tampoco es un cambio evolutivo que haya dotado a los insectos de la capacidad de evitar impactos. Es ausencia de vida.
Durante las últimas décadas, múltiples estudios han documentado una disminución sostenida de insectos a nivel global. En algunos casos, las reducciones alcanzan hasta un 75% en la biomasa de insectos voladores en menos de 30 años. En otros, el declive es más gradual, pero persistente, cercano al 1% anual. En cualquier escenario, la pérdida de vida en miniatura es manifiesta. Y el parabrisas, por su parte, silenciosamente, lo confirma.
En Chile no solemos hablar de esto. No hay grandes titulares ni debates políticos sobre la desaparición de los insectos, pese a que varias especies habitan aquí y en ninguna otra parte del planeta. En efecto, en la contingencia diaria las señales de esta desaparición parecen esfumarse: menos bichos revoloteando en torno a los faroles, menos zumbidos en verano, menos picaduras en nuestras extremidades descubiertas.
Ni siquiera nos cuestionamos si la venta de insecticidas ha crecido al mismo ritmo del PIB. ¿Para qué? Si los bichitos están muriendo sin la ayuda de estos expresos y dirigidos venenos.
No es que no sepamos. Es que no conectamos. Tal vez porque los insectos nunca han sido protagonistas de nuestras preocupaciones. Generalmente no generan empatía, no inspiran campañas, no movilizan multitudes. Pero cumplen funciones esenciales: polinizan cultivos, reciclan materia orgánica, controlan plagas y en general, sostienen la base de los ecosistemas. Son en términos simples, parte del equipamiento natural que hace posible la vida tal como la conocemos.
Y ese equipamiento biológico está disminuyendo. Las causas son múltiples y bien documentadas: uso intensivo de pesticidas, cambio climático, urbanización, contaminación lumínica, introducción de depredadores… Ninguna de ellas, por sí sola explica el fenómeno. Pero juntas configuran una presión que varias especies indefensas no pueden resistir.
El resultado no siempre es un colapso abrupto. Es algo más difícil de detectar: una reducción progresiva, una disminución lenta, un empobrecimiento que avanza sin estridencia.
En rigor, lo inquietante no es solo la disminución de los insectos, sino nuestra relación con las señales que la anuncian. Vivimos rodeados de indicadores tempranos que podrían alertarnos de cambios perjudiciales, pero que desestimamos por triviales, por anecdóticos o simplemente por incómodos. El parabrisas limpio es uno de ellos.
Pero no solo los insectos han comenzado a desaparecer sigilosamente. También se han ido limpiando otros parabrisas más íntimos: los niños que bulliciosamente “pichangeaban” en la calle, la sobremesa que se alargaba con los invitados que no atinaban a irse o la multitud colgando de la puerta del microbús. Al igual que los insectos reventados en el vidrio, eran molestias, pero señales de abundancia; en dicho caso, de abundancia humana.
Quizás por eso la limpieza del parabrisas tiene algo de una elegante tristeza. Quizás lo pulcro, lo despejado, lo libre de interferencias puede ser también la huella de lo que hemos perdido sin darnos cuenta. A veces, aquello que ensucia es precisamente lo que demuestra que la vida está ocurriendo.
Chile está lleno de “parabrisas limpios”: fenómenos evidentes, repetidos, accesibles, que apuntan a procesos más profundos y que, sin embargo, no logran instalarse en nuestra conversación pública. En vez de reconocer alguna pavorosa realidad que se despliega con todo su esplendor frente a nuestras narices, preferimos esperar cifras duras y sesudos informes. Pero cuando esos reportes llegan, muchas veces ya es tarde.
Los parabrisas chilenos, cualesquiera que sean, no dilatan la entrega de lo que deben entregar. Sin más trámite muestran en la ruta lo que ocurre en tiempo real. Y lo que están mostrando hoy no es inteligencia, ni disciplina ni solidaridad. Es la huella de que algo bueno ya no está, o que está dejando de estar. Amigos que se van, tranquilidad que desaparece, costumbres que se pierden, identidad que se borra. El viaje por los caminos continúa, pero es a lo largo de un Chile que ya no existe.
Quizás el verdadero apocalipsis de insectos, ni de otros bienes altamente valorados, no ocurre cuando todo ha colapsado; sino cuando estando las señales a la vista, elegimos no verlas.

Lucio Cañete Arratia
Facultad Tecnológica
Universidad de Santiago de Chile

El “Síndrome del Parabrisas Limpio” nos invita a una reflexión profundamente humana: no solo estamos perdiendo insectos, sino también la capacidad de asombro y de conexión con aquello que antes daba sentido a lo cotidiano. En nuestra larga y angosta franja, donde la diversidad natural y cultural ha sido siempre una riqueza silenciosa, hoy pareciera imponerse una lógica distinta: menos tiempo para mirar, menos espacio para compartir, menos disposición para detenernos. Aquello que ensuciaba el parabrisas —y que incluso incomodaba— era también señal de una vida que ocurría sin pausa; del mismo modo, las risas en la calle, las conversaciones sin apuro o el simple contacto con la naturaleza eran expresiones de una sociedad más conectada consigo misma.
Esa pérdida no es inevitable, pero sí exige conciencia. Mientras otros países han comprendido que el verdadero desarrollo no radica en exigir más horas al individuo, sino en resguardar su bienestar integral, nosotros seguimos muchas veces atrapados en la inercia de la productividad por sobre la vida. Recuperar esa conexión con el entorno —con la familia, el descanso, el paisaje, los afectos— no es un lujo, es una necesidad urgente. Quizás la invitación más honesta que nos deja este “síndrome” es volver a mirar con atención, reconocer lo que se ha ido desvaneciendo y atrevernos a reconstruir, desde lo cotidiano, una forma de vivir donde lo esencial vuelva a tener lugar.